9 jul. 2010

Un pueblo esculpido en su fracaso como pueblo


[...] Hubo entonces un corte brusco en nuestra continuidad crecedora; el empuje de la tradición propia es sustituido por remedos forasteros, nos provincializamos, se crea en la gente culta y en las minorías dirigentes una mentalidad de sucursal.

No era fácil remediar ese bache, ni se hizo gran cosa para ello. La consecuencia es una especie de complejo de frustración, de complejo de inferioridad, como se quiera, que pesa sobre los valencianos y les impide moverse con seguridad y energía. O bien nos muerde el recelo, o bien nos entregamos a la sumisión: una y otra actitud enconan todavía más nuestra deficiencia. En el fondo, conservamos siempre una oscura convicción de ser menos –ser o valer– que los demás. Los recelos sospechan que el país es víctima de una terrible confabulación de desdenes, y reacciona gritando la superioridad rotunda de cualquier cosa que huela a vernáculo. Los sumisos optan por pasarse con armas y bagajes al lado de los oropeles imperiales y pseudo-cosmopolitas. Y lo paradójico del caso es que, siendo el País Valenciano una región de notoria consistencia económica, de seria robustez material, sus pobladores padezcan un triste y crónico apocamiento, sean gente cohibida y suspicaz. Como regla general, esto es innegable.

El fenómeno que acabo de señalar presenta alguna otra implicación. Dije que fueron los círculos cultos y la aristocracia los primeros en desertar y unirse a los modos y a los mitos exóticos. Esta defección equivalía a abandonar los restos morales –y casi mortales– del patrimonio nativo, del espíritu local, en manos del vulgo. Y el vulgo, como es de prever, sólo retuvo lo vulgar. Hay bastantes valencianos que comparten la idea de que lo valenciano es una categoría rústica, plebeya y desairada; son legión los extranjeros que opinan lo mismo. La generosa fuerza que entre nosotros tiene el elemento popular y rural parece confirmar tales aprensiones, al asegurarse como dominante y expansiva.

Esta circunstancia no hace sino exasperar los complejos referidos. El indígena finolis o libresco se aparta con despego del populacho castizo, y éste, sin directriz ni contrapeso, se cuece en su propia salsa. Para la mayoría de mis paisanos, el país queda cifrado en media docena de hechos folklóricos –unos festejos, un condumio, una manera de humor, unas habilidades de artificio–, frente a los cuales adoptan jactanciosas admiraciones o repulsa a rajatabla. Pero el meollo de la cuestión, los valores esenciales, se le escapan. A veces, los forasteros han creído adivinar nuestro fallo íntimo y nos han dado su dictamen: “Sois un pueblo femenino”; “sois un pueblo vencido”. Quizá tenemos algo de la pasividad abierta de la mujer; quizá estamos acostumbrados, demasiado acostumbrados a nuestro lugar subalterno, con una pizca de resentimiento y una buena dosis de resignación. Lo cierto es que vivimos sin ánimo y sin armazón, un poco desmoronados, apenas sabiéndonos pueblo entre los otros pueblos...

Pero somos un pueblo: un pueblo esculpido en su irreductible singularidad por los siglos, por la tierra, incluso por su mismo fracaso como tal pueblo. [...]

L’anterior text l’he extret d’un llibre que comprí fa uns mesos en una llibreria de vell, i que ara he pogut escomençar a llegir (els subrallats de les frases que trobe més interessants són meus).

El llibre fon escrit fa uns cinquanta anys, i no és massa conegut fòra dels àmbits més llibrescs, ni li conec reimpressions posteriors. Pero és ben interessant, per qüestions diverses que, si sorgixen, anirem comentant.

De moment m’agradaria això: que digau fins a quin punt esteu d’acort en el text; que expresseu en quines afirmacions coincidiu i en quines no, i també... per qué creeu que han canviat tan poc les coses en tant de temps (o pel contrari, en qué creeu que sí que han canviat).